DIARIO DE BEIRUT – ESPEJISMOS DE ORIENTE

El bar de los comunistas en Beirut

No tiene rótulo. Su puerta está cubierta de ajadas páginas de periódicos y fotografías. En el vecindario no lo ven como un bar, sino como un pub, el pub de Abu Elie, que murió hace unas semanas. En el enorme y desangelado edificio llamado edificio Yacubian, como el título de la famosa novela del escritor egipcio Al Asuani sobre El Cairo, es el bar de los comunistas de Beirut.

En sus mal contados treinta y cinco metros cuadrados no hay ni un centímetro que no esté cubierto de fotografías, primordialmente del Che Guevara, de Stalin, Marx, Mandela, Zapata, de líderes o intelectuales libaneses como Kamal Yumblat, Samir Kassir, George Hawi, de palestinos como Ghassan Kanafani, asesinados en el laberinto de la guerra libanesa. Prevalece el color escarlata en sus paredes como fondo de otras innumerables fotos de carnet de parroquianos y amigos del bar, de algunas viejas escopetas y armas de fuego colgadas, de banderas cubanas, sirias, comunistas, de gorros del ejército soviético o de un rotundo escudo con la hoz y el martillo.

Abu Elie Naya Chahud fue militante del Partido Comunista libanés, combatiente en la larga guerra libanesa de quince años antes de abrir este modesto local en un extremo de Hamra, por donde pasaron en los años del esplendor revolucionario y laico de la década de los setenta personas como Kozo Okamoto, el terrorista del Ejército Rojo Japonés, autor del atentado contra el aeropuerto israelí de Lod, o Soha Bechara, que intentó asesinar a un general libanés aliado del Estado de los judíos. Caben sólo cuatro mesas en su reducido espacio.

Con el magnífico Pablo Sigismondi, trotamundos revolucionario argentino, fotógrafo de familia materna originaria de Malula recién llegado de Damasco, y un grupo de catalanes, entre ellos mi colega Iu Andrés de 8TV –nunca había visto tantos catalanes juntos en Beirut como en el pasado mes de agosto–, nos sentamos para empaparnos del ambiente del local, espontáneo y nostálgico. En la mesa de al lado un joven grupo de comunistas, de chiíes libaneses –el PC, el más antiguo partido político local fundado en 1924, es una reliquia histórica como la antaño llamada fuerza progresista– nos acogió en seguida para hablar de política hasta por los codos. No les gustó que Pablo les preguntase si consideraban al jeque Nasrallah de Hizbullah un “nuevo Che” porque desafiaba el poderío de Estados Unidos, ni cuál era la postura del PC y de la izquierda árabe respecto a la complicada guerra de Siria. Sentados en la barra, varones de lo que yo llamo “generación ideológica” seguían con interés la animada discusión.

Las consumiciones de cerveza, whisky, vodka, de pequeños bocadillos de queso o shawarma son muy baratas en comparación con los precios habituales de la ciudad. El bar, visto con otros ojos, podría ser, más que modesto, un tanto cutre. Hay que poner mucha simpatía, la nostalgia de un tiempo de ilusiones revolucionarias en los pueblos árabes para gozar a pleno pulmón de este aire de un mundo desvanecido en Beirut. La música –vibrantes himnos internacionales, canciones patrióticas de Marcel Khalkifa, líricos estribillos de Fairuz– anima las interminables conversaciones. Una mujer, quizá la viuda o compañera de Abu Elie, se acerca a las mesas para recordar que está prohibido hablar acaloradamente de política. “Aquí la gente piensa –dice– que siempre tenemos que ocuparnos de cuestiones políticas. No hay que recordar cada noche nuestra frustración”.
En la puerta interior del bar hay colgado un decálogo para uso de los parroquianos cuyo primer precepto es no dejarse arrastrar por las “discusiones políticas”. El bar de los comunistas cierra a altas horas de la noche. Tras sus últimos whiskies, sus jóvenes asiduos, impregnados aún de una doctrina que no pudo calar en estos pueblos, se encaminan, alegres, hacia la calle Hamra