Carlos Slim, el magnate que no cree en Santa Claus

El periodista Diego Enrique Osorno, biógrafo de uno de los hombres más ricos del planeta, sostiene que el empresario es «culto, campechano y de trato afable» «Slim tiene la visión más tradicional de que la riqueza de desparrama y genera empleos, infraestructuras y una mejora de la calidad de vida»

Carlos Slim, uno de los hombres más ricos del planeta, con una fortuna que se calcula en 80.000 millones de dólares, no escatima ni un peso. En uno de sus viajes a Venecia, vio a un vendedor de baratijas y se puso a regatear con él. No es un mito, el propio magnate mexicano confirma la historia aunque da otra versión. Él no considera que se enzarzara en una negociación ridícula por el precio de unas naderías. Slim, según sus propias palabras, entró “en comunicación con un empresario, con un agente de negocios”. Así se lo contó el acaudalado empresario al periodista Diego Enrique Osorno.
El reportero acaba de publicar en España una biografía de este ultrarrico, que cada año compite con Bill Gates, Amancio Ortega y Warren Buffet por los primeros puestos de la lista Forbes. Pese a su ingente fortuna, Carlos Slim, conocido como ‘El Ingeniero’, es una persona de gustos sobrios. Aunque, eso sí, sabe invertir cada céntimo. Si bien encarna la quinta esencia del neoliberalismo, Slim, hijo de un inmigrante libanés, no tiene veleidades políticas. Se lleva bien con dirigentes de la izquierda y la derecha. No tiene necesidad de entrar en la lucha partidaria. ¿Para qué? “Creo que un hombre de negocios puede hacer con un dólar lo que un político no puede hacer con dos o más”, dijo el dueño del emporio Carso a Osorno, autor de la biografía ‘Slim. ¿Puede uno de los hombres más ricos del mundo ser una buena persona?’ (Debate).
No se trata de una biografía para reafirmar la admiración por el magnate. Más bien, “pretende inducir a pensar si la riqueza extrema tiene cabida en estos tiempos”, dice el reportero independiente. Ya lo plantea Oxfam cuando denuncia que en uno de esos autobuses de dos pisos que circulan por Londres caben todos los multimillonarios del planeta, magnates cuya riqueza es superior a la de la mitad más pobre del resto del mundo.
Para Osorno, Carlos Slim tiene una deuda con su país. No en balde, el potentado mantuvo durante 18 años el monopolio de la telefonía, lo que convirtió a los mexicanos en “rehenes de un servicio, ofrecido por la empresa Telmex, que ni siquiera era barato ni eficiente. Era lícito, pero totalmente injusto”. Según un estudio de la OCDE, el monopolio de Telmex se tradujo en una merma en el bienestar de México, una pérdida que entre 2005 y 2009 supuso un coste 129.000 millones de dólares, lo que representa un 1,8% del PIB anual mexicano.
Visión tradicional
A diferencia de Bill Gates o Mark Zuckerberg, quien ha prometido donar el 99 % de sus acciones, Slim no cree en la filantropía. Es más, su actividad de mecenazgo es una prolongación del negocios por otros medios. “Slim tiene la visión más tradicional de que la riqueza de desparrama y genera empleos, infraestructuras y una mejora de la calidad de vida. A su entender, el empresario no debe ser una especie de Santa Claus”.
Slim conoció el mundo de los negocios desde que era niño. Todo gracias a su padre, Julián Slim Haddad, un emigrante del Líbano que prosperó en México como comerciante. Las ideas políticas del padre del magnate estaban cerca Al Kataeb, organización libanesa creada por la familia Gemayel, a semejanza de la Falange de Primo de Rivera. El pequeño Slim conoció los entresijos del comercio, de una tienda de mercería y sedería, así como las tretas para vender y revender obteniendo pingües ganancias. Con los años, el hijo de Julián comanda el grupo Carso, que controla empresas de todos los sectores: alimentos, piezas de vehículos, detergentes y cosméticos, maquinaria y equipo eléctrico y no eléctrico, metales, minerías, papel, productos de hule, química y comunicaciones. Carso es el grupo industrial más poderoso en la Bolsa de México.
En España es el accionista mayoritario de FCC, con un 33% de los títulos, y controla la inmobiliaria Realia, además de ser el accionista mayoritario del equipo Real Oviedo de fútbol. Slim ha aprendido de su admirado Gengis Kan a confundir al adversario con estrategias engañosas. Simula un desinterés por las inversiones que le ofrecen para, al cabo del tiempo, comprar en las mejores condiciones. “Lleva muchos años diciendo que ya está retirando y aconseja a los empresarios que hablen con sus hijos. Muestra un aparente desinterés pero pasado un año desembarca en mercado donde le habían propuesto entrar”.
Sofía Loren
Es lo que hizo con ‘The New York Times’. Después de mostrar su desdén por invertir en los medios de comunicación, se convirtió en el principal accionista de diario estadounidense, además de adquirir docenas de cadenas de radio, revistas y televisiones.
Pese a su fortuna desmesurada, no se permite las excentricidades, el lujo y la ostentación de Bernie Ecclestone. Uno de los pocos excesos en que incurrió estuvo motivado por su adorada Sofía Loren. “Cuando la actriz cumplió 80 años, organizó para ella un cumpleaños fastuoso en Ciudad de México. A Sofía Loren le han dado las llaves de la ciudad; la Cineteca Nacional exhibió sus películas durante varios días y el Museo Soumaya, propiedad de Slim, ha exhibido su ropa. En esa ocasión derrochó con entusiasmo, algo que en él no es habitual”.
Y no se puede decir que no quisiera a su esposa, Soumaya Domit Gemayel, quien murió en 1999. En memoria de su mujer mandó levantar el Museo Soumaya, que aloja 66.000 obras de artes, entre ellas algunas de Rodin, Dalí y Tinteroretto. Domit, que falleció de una insuficiencia renal hereditaria, murió a los 50 años. Era sobrina del presidente libanés que ordenó las masacres de Sabra y Shatila, en las que los falangistas mataron a más de 2.000 personas, sobre todo palestinos refugiados en Líbano a causa de la guerra con Israel.
Mala fama tiene su hermano Julián Slim Helú, quien trabajó como agente de la Dirección Federal de Seguridad en los peores tiempos de la Guerra Fría. El nombre del comandante Slim aparece en el caso del guerrillero Salvador Corral, víctima de una posible ejecución extrajudicial. Hasta donde ha podido saber el periodista, el guerrillero fue interrogado por Julián Slim antes de que su cadáver apareciera abandonado en la calle. “La Dirección Federal de Seguridad es la peor corporación policíaca que ha existido en México, y eso que hay mucha competencia. A este organismo se le achacan 700 desapariciones forzadas y muchas ejecuciones”.
Culto y campechano
Para escribir el libro, Diego Enrique Osorno entrevistó a unas 100 personas, incluido el propio Carlos Slim, que le enseñó orgulloso su biblioteca. “Es un hombre culto, campechano y de trato afable”, dice Osorno, a quien le pareció que el empresario tiene una mente que siempre está maquinado cómo emprender nuevos negocios.
Slim ha sido migo de personajes tan alejados de sus ideas como García Márquez o Fidel Castro. No comulga con las ideas de izquierda, pero cultiva una larga amistad con Felipe González, que figura entre el grupo de amigos que le mantiene bien informado. Lo cual no es óbice para que de vez en cuando acuda al consejo de futurólogos. Felipe González, según Osorno, no es socio de Slim, sí que es más que un amigo. “Felipe González ha intervenido a favor de Slim en algunas inversiones de Latinoamérica. Que yo sepa en Panamá y Ecuador. Obviamente González no es un empleado de Slim. A los dos les una relación fraterna”, apostilla el periodista.

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